Odio,
Odio la forma en que sonríes,
Tan dulce y tímida,
Odio tu descoordinada y majestuosa rítmica desequilibrada al caminar,
Odio tu cabello, que cae con tanta gracia, desordenado en las mañanas y odio también cuando te encargas de poner cada cabello en su lugar.
Odio la forma en que sonríes,
Tan dulce y tímida,
Odio tu descoordinada y majestuosa rítmica desequilibrada al caminar,
Odio tu cabello, que cae con tanta gracia, desordenado en las mañanas y odio también cuando te encargas de poner cada cabello en su lugar.
Odio tu delicada espalda, odio su textura de terciopelo que le hace perfecta para aferrarse a ella cuando sientes que el mundo se desploma o simplemente para rasgarla cuando el placer hace explotar los sentidos.
Odio tu fino cuello, tu clavícula, tus hombros, tallados de forma tan magistral en tu ser, la cena perfecta para mis sentidos hambrientos de ti y de tu aroma…
¡Tú aroma! ¡Oh tu aroma!
Odio esa esencia embriagante,
Ese exquisito manjar para los sentidos del buen conocedor, un aroma sin igual, incomparable, inolvidable pues aún después de los siglos yo sabría “ese es su aroma” pero jamás podría explicarle a otro mortal la divinidad de tu aroma.
Odio esa esencia embriagante,
Ese exquisito manjar para los sentidos del buen conocedor, un aroma sin igual, incomparable, inolvidable pues aún después de los siglos yo sabría “ese es su aroma” pero jamás podría explicarle a otro mortal la divinidad de tu aroma.
Odio tus brazos, tus piernas, tus manos, tus dedos, su sutileza, la magia que expelen para calmarme con el más mínimo toque…
Por supuesto, si hablamos de mi calma debo invocar tu voz,
¡Tu voz cariño!
¡Tu voz cariño!
Ese resonar mágico proveniente del maravilloso vibrar de tus cuerdas vocales, que sin importar cuanto las desgaste el humo y el resto de tus hermosos vicios, la energía que me domina, me calma, me enciende y me apaga, se esconde ahí, en el fondo de tan odiada garganta, detrás de esa sonrisa esbozada por esos labios…
¡No hablemos de tus labios!
Que empecé esto para hablar de odio.
¡No hablemos de tus labios!
Que empecé esto para hablar de odio.
Mejor vayamos a tus tan odiados ojos, tan profundos, tan hipnóticos, tan brillantes, tan oscuros, tan dulces, tan lascivos, tan…llenos de todo cariño, aún en los días en los que parecen vacíos…
Puedo pasar el resto de mi vida en vela, dedicándome a escribirte cartas que no leerás, inventando historias que jamás sucederán.
Pero cariño, lo que más odio es la forma en que me conoces, en la que sé que sabes al leer esto que miento al relacionarte a ti con la palabra…odio.
Odio el odio pero buen disfraz es para lo que gritan mis insomnios.